Era tan indiferente que se negó a «existir». Por eso escribió su obra a través de heterónimos que terminaron convirtiéndolo a él en uno más. Cada heterónimo tiene su propia personalidad, evitándose la fatiga de crear siguiendo una continuidad sistemática, extremo que lo horrorizaba…
En el “Libro del desasosiego”, previene que si al lector le parece que en su libro no dice nada, es porque no tiene nada para decir. En esa perspectiva, en “Máscaras y paradojas”, celebra sin entusiasmo su falta de militancia en alguna fe: “Nada me ata, a nada estoy ligado, a nada pertenezco. / Todas las sensaciones se apoderan de mí y todas me abandonan. / Soy más variado que una multitud accidental, / Soy más diverso que el universo espontáneo, / Todas las épocas me pertenecen un momento, / Todas las almas por un momento tuvieron sitio en mí.”
Su hastío era, paradójicamente, del tamaño de su curiosidad. Le repugnaban los ocultistas, pero llegó inclusive a corregir las acrobacias misteriosas de Aleister Crowley. Evitó también sin mayores concesiones a los que presumen tener una gracia tan particular que se atreven a hablar a diario a nombre de un Dios, claro…
Para él había una distancia insuperable entre concebir algo y hacerlo. Pensaba que era maravilloso haber estado en un naufragio o en una guerra pero que era terrible haber tenido que estar allí para estar allí…
Es todo lo contrario de García Márquez, sin duda, para regocijo de quienes no son beatos de los autores que escriben largo y dicen poco – mejor «nada», sí…
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Fuente: Roberto Barbery Anaya.


