¿Desirée debe creerle a su esposo pastor o debe creerle a la joven que lo acusa a él de abuso sexual, doble vida y doble moral?
Momento difícil para Desirée Durán, una mujer querida, hecha a sí misma con esfuerzo y con fe.
Está ante un gran dilema. ¿A quién creerle?
¿Al pastor al que le dijo Sí ante Dios y ante el altar hace un par de meses?
¿O creerle a una joven mujer que denuncia abuso deshonesto por parte de ese mismo pastor?
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Sin redes sociales y sin decenas, centenas y miles de jueces sociales por toda as partes, la situación ya era difícil.
Ahora con redes, jueces sociales, condenadores de oficio, juzgadores empedernidos, opinadores varios y propagadores de versiones reales, imaginarias, rumores y elucubraciones de toda índole, la situación es más complicada.
La carga emocional es mayor. Inmensa. Difícil de cargar.
Desirée está sufriendo. Debería estar viviendo la ilusión de una nueva vida. Vive purgatorios varios desde el día que dijo sí.
El pastor, conocedor de la verdad absoluta de los hechos, por ser el protagonista de lo que pasó o de lo que no pasó, tiene el arte de la palabra. Puede evitar agonías extensas en exceso y salir a decir lo suyo. Su verdad. Acortar angustias.
La joven ha dicho lo suyo. Ha denunciado abuso de su inocencia cuando era menor de edad. Ha dado la cara. Sostiene una versión. Ha hablado también de una relación que ha perdurado largamente en el tiempo.
¿Y si Desirée conversa con ella? De mujer a mujer. Mirándose a los ojos. Para no esperar los tiempos y las chicanas de la justicia, para actuar ambas basadas en la verdad. En los hechos.
Hay agonías que pueden acortarse. Angustias que pueden no extenderse.
Dios ilumine a los protagonistas de esta historia. Quite máscaras. Ablande corazones. Y haga brillar la verdad.
Fuente: Pepe Pomacusi Periodista
