El misterio intelectual

Yo estaba orgulloso de mi entendimiento de Spinoza. Me dejaba satisfecho la idea de que todo lo nos rodea es un eco de Dios. No importaba que muchas veces pareciera un eco lejano de un eco lejano… Al final, para resolver ese dilema vulgar, siempre tenía a mano la fórmula vulgar de repetir que hay cosas que no puedo pensar – “´por algo será”

Todo iba bien hasta aquel día del penal. Aquel día en que tuve consciencia de que el arquero se persignaba y el jugador también – “¿A quién escuchar si ninguno es impío?”, me pregunté… Desde entonces, sólo los partidos aburridos, en los que no había ni un solo penal, podía disfrutar del fútbol – y bastaba que la pelota pase de la media cancha, para que me ponga nervioso…

Ya sé que parece risible, pero no lo es. Se trata de algo aún más inabarcable que una aberración moral, en la que se puede sentenciar al caído, sin pestañear, al fuego eterno, aunque la venganza no alcance para explicar la presencia del mal en la economía de la Creación – por lo menos queda la vanidad colectiva de presumir que el castigo es desproporcionado, porque es inmortal, aunque la vida de los hombres malos y de los hombres buenos sea temporal… Lo definitivo, en última instancia, está garantizado: tiene que haber un “culpable” que, aún más allá de su culpabilidad, sirva para expiar la rutina farisea de cada día, ¿no?



En otros términos, el misterio cotidiano del arquero y del jugador o del jugador y del arquero (no hay prelación alguna, como ya se puede intuir…), nos pone frente a un problema intelectual, no moral: ¿Cuál de los dos recibirá el favor divino? Obviamente, en lo primero que insistí fue en las coartadas morales, tan serviciales para no pensar y juzgar… Empecé con la siguiente hipótesis: “uno de los dos es más justo que el otro; ése recibirá el favor divino”. Luego ensayé otra idea tan piadosa como la anterior: “uno de los dos pidió antes; ése recibirá el favor divino”. Pero fue inútil: la intervención del espíritu santo me decía que la fe de un ladrón en el último momento alcanza para vivir sin descanso por los siglos de los siglos – con un solo argumento fulminaba las dos hipótesis…

Fue entonces cuando me pareció escuchar un eco lejano de un eco lejano. Creo que era la voz delicada de Spinoza, aquel misericordioso de 24 años que fue condenado al escándalo del incendio que no se apaga. Presiento que dice así: “Es fácil juzgar; lo difícil es pensar”

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Fuente: Roberto Barbery Anaya.